UN MATRIMONIO FELIZ
Eramos dos matrimonios que salíamos casi siempre juntos, en especial los sábados a la noche. Preferentemente íbamos a comer. En los restaurantes solía verse a mi amigo sentado junto a su esposa, tomados de la mano y con los dedos entrelazados sobre la mesa, junto a los cuchillos de él y los tenedores de ella. Las manos confundidas siempre estaban allí excepto cuando comían porque allí se les hubiese complicado. Parecían una pareja feliz, pero se empeñaban en aparentarlo, quiero decir que forzaban una situación que a mí me resultaba poco creíble. Yo casi podía asegurar que se llevaban pésimo, si bien nunca lo exteriorizaban cuando estábamos nosotros presentes. Alguna vez, cuando con mi señora los fuimos a buscar para una de nuestras salidas sabatinas, pudimos escuchar tremendos gritos y sobrecogedores insultos, pero cuando salían de su casa se los veía tranquilos, contentos y tomados de la mano como noviecitos. Las veces que me juntaba solo con mi amigo para tomar un café, a la salida de nuestros respectivos trabajos, y en las escasas ocasiones en que le pregunté algo acerca de su matrimonio, me respondía pintándome un escenario pleno de armonía.
-La gorda es divina, la verdad que nos amamos igual que en el primer día.
Utilizaba el verbo amar que, pronunciado por un hombre, suena cacofónico, cursi, afectado, mariconoide, grasa, más propio de una novela de televisión, sin contar que los machos no solemos hacernos ese género de confesiones, ya sea por pudor, o sencillamente porque no vale la pena hablar de eso. Una noche, después del cine, los dos matrimonios fuimos a comer a un lugar que me habían recomendado. Estábamos en el coche de mi amigo y cuando llegamos al parking, nos pidió a mi esposa y a mí que nos adelantáramos y entrásemos en el restaurant mientras estacionaba. Apenas ganamos la vereda escuchamos cómo se lanzaban injurias de una imaginación digna del más desvergonzado de los blasfemos. Creí con mi señora que, cuando entrasen en el mesón y se sentasen a la mesa, habrían de blanquear la situación desastrosa en la que se encontraba el matrimonio, aunque más no fuera por haberse dado cuenta que, de refilón, habíamos sido testigos de aquella espontánea manifestación de odio. Pues no. Ella entró sonriente y él también, ambos tomados de la mano. Radiantes, hablando los dos a la vez. Pero ella había llorado, luego mi mujer me lo confirmaría. Ningún maquillaje puede disimular la irritación que muestra el iris del que ha llorado.
-Nada más lindo que salir a comer con la mujer de mi vida –dijo a manera de pegajoso piropo, provocando inmediatamente en mi esposa y en mí lo que podríamos denominar vergüenza ajena-.
Pidieron para comer un plato en base a arroz lo que les permitió permanecer durante toda la cena con las manos entrelazadas sobre la mesa, gracias a que el grano puede ser recogido utilizando únicamente el tenedor y llevado directamente a la boca sin mayor dificultad.
Cuando me enteré, días después, de que mi amigo había asesinado a su esposa no me sorprendió tanto aunque muchos dijeran que no se lo explicaban siendo una pareja tan feliz. Una sola vez lo fui a visitar a la cárcel. Me dijo que había sido tan hermosa la vida con su finada esposa, que nunca podría volver a casarse, ni siquiera pensaba en tener otra pareja. Me fui. No volví a verlo nunca más.
viernes, 19 de enero de 2007
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