En un interesante debate por tevé (de cable. Los debates por tevé abierta han quedado obsoletos) uno de los participantes opinó modernamente que las malas palabras no existían y que, si existiesen, deberían considerarse así a términos tales como guerra, hambre y corrupción. Otro de los panelistas, uno que tenía detrás de sí un helecho, disintió con el razonamiento del preopinante, estableciéndolo en los siguientes términos:
-Eso que usted dice es un tremendo lugar común que siempre le escucho a los pelotudos, perdóneme.
-¡Esa guarangada es inadmisible! ¡Debería intervenir el Comfer! –contestó el otro, indignado-.
lunes, 19 de abril de 2010
PENAL
El ejecutor del penal se persignó y le pidió a San Pantaleón. El arquero se persignó y le pidió a San Cayetano. Gol. En el cielo, San Pantaleón le hace un corte de mangas a San Cayetano.
lunes, 12 de abril de 2010
ACADEMIAS NOEMI
En las academias Noemí puedes cortarte el pelo, o teñírtelo por una módica paga. Apenas son cinco pesos lo que debes oblar para que te reformen un poco, o un mucho, el casquete. En academias Noemí conviven en democrático ayuntamiento mujeres y hombres de todas las edades, que, sentados enfrente de un espejo enmarcado en la parte inferior por un estante cubierto de frascos y recipientes plateados, conteniendo los más diversos potingues, ora contemplan adormilados cómo sus crenchas son segadas, teñidas o modeladas, ora aguardan que la tintura obre su milagro colorista y convierta en violeta lo que fue marrón. Como el nombre del establecimiento lo denuncia, las academias Noemí, al tiempo que prestan el servicio al cliente, imparten instrucción peinaderil a las legiones de señoritas desocupadas que acuden en busca de dominar un oficio que les permita encarar la vida con trabajo y dignidad. Y una de estas entusiastas chiquillas, antes de rociarme las crines con agua perfumada, para proceder al corte y la pelusa, tuvo la delicadeza de preguntarme si no prefería ser atendido por el propio dueño. Le contesté que no con un magnánimo gesto de perdonavidas. Mientras la aspirante trabajaba en la parte posterior de mi cráneo, le pregunté, como al desgaire, si hacía mucho que estaba estudiando corte y me contestó que desde la semana pasada. Era tarde, mi nuca ya se había transformado en una selva vietnamita después de ser regada con napalm. Ella me miró y leí en su cara un mensaje: no puede decir que no le avise.
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