
ME INVITARON A UNA ORGIA
Yo no soy de mucho salir, pero la invitación me la hizo una persona a quien le debo algunos favores. Eso sí, le aclaré que yo no sabía casi nada de orgías. Ni bien llegué al lugar establecido para hacer la orgía una mujer se me prendió y no me largó por un buen rato. La mayoría estaba comiendo o bebiendo algo, así que apenas me saludaron con la mano. Dos mujeres le daban a la lengua que era un contento. Parecían estar orgullosas de sus circunstanciales parejas porque se llenaban la boca con ellos. Lo lindo de la reunión era que, a pesar de las posiciones diferentes que podía haber entre los presentes, había un importante grado de coincidencia; lo que más se escuchaba era “si,si,si”. Mi amigo me dio la mano a las apuradas, me dijo que me pusiera cómodo y me invitó a unirme a su grupo. No quise ser descortés, aunque me pareció algo infantil eso de jugar al trencito. No pude ser desatento con esta persona a quien le debo tantos favores. Eso sí, terminé un poco adolorido. No me dejaron ser el vagón de cola.
UN ASUNTO DESAGRADABLE
Luego de más de veinte años de matrimonio hay algunas costumbres que se pierden o se olvidan: besarse a la mañana, besarse a la noche, conversar, hacer el amor, sonreír, contestar con buenos modos, tomarse de la mano. Sin embargo, todas estas pérdidas no necesariamente son indicativas de una merma en el amor. Analizado desde el costado optimista, puede tomarse como una reformulación, un reciclaje del sentimiento supremo, una adaptación a los cambios que obligatoriamente se operan en el ser humano. El marido que es materia del presente trabajo, al par de todas aquellas amorosas costumbres perdidas, había dejado en el camino algunas otras que conciernen más a la delicadeza, a la buena educación, a la sana convivencia, que al amor. Nuestro hombre, nada más levantarse a la mañana expulsaba ese cuesco que se fermenta en toda una noche de procesos internos. La esposa lo dejaba pasar porque no encontraba una forma refinada de expresarle su disconformidad. Ya dentro del baño el marido ensayaba toda forma de carraspeo húmedo con el fin de producir la imprescindible expectoración que desflema las vías superiores. El cepillado de dientes, cometido que normalmente produce un sonido, si se quiere, agradable cuando la cerda se pasea rítmicamente por piezas y amalgamas, solía culminar en una serie de escupidas a cual más estentórea y repugnante. La señora, a esas alturas, sabía distinguir cuando el hombre, durante el acto de la micción, se rascaba los testículos o las nalgas. Pero lo que no podía tolerar, hayan pasado veinte o doscientos años, lo que la rebelaba, lo que le hacía pensar seriamente en la posibilidad de entablar un divorcio contencioso era una costumbre sencillamente repulsiva. Este pedazo de un asqueroso, después de introducirse en la bañera y accionar la canilla ce de la lluvia, y perdóneseme, se ponía a cantar a los gritos canciones de Chayanne.
PICATO
El profesor Rivadeneira apenas prestó atención a la pintada que deslucía el frente del colegio cuando llegó como todas las mañanas a dictar clases en el bachillerato. Les preguntó a sus colegas pero nadie sabía quién era Picato. Al día siguiente volvió a leer el mensaje: “Picato + Pisurno van a morir” Algo de inquietud le sobrevino si bien desconocía quién podía ser Picato. Pisurno era el director. Hasta ahí, todo perfecto. Es más, podía llegar a estar de acuerdo con que Pisurno falleciese porque era una verdadera basura de persona. Las autoridades educativas hicieron borrar el graffitti, que volvió a aparecer en la pared de la panadería distante media cuadra del establecimiento. “Picato + Pisurno son boleta”. Quién puede ser Picato, consultaba a sus compañeros en la sala de profesores. No sé, Rivadeneira, no me molestes que tengo que corregir un millón de pruebas, debe ser el novio de Pisurno, le contestaban. Con suerte, se cumple el vaticinio y crepa. Puede ser uno de nosotros, especuló Rivadeneira, los alumnos nos ponen sobrenombres y nosotros muchas veces ni nos enteramos. Dale, Rivadeneira, replicó otro profesor, si nos ponen sobrenombres nos ponen La Sucia, El Petiso, La Bigotuda, El Pedorro, pero Picato no quiere decir nada. Podrías ser chicato porque usás anteojos, pero no Picato, ¿qué es Picato, acaso? nada. Pisurno tampoco. Es menos que una mierda. Rivadeneira replicó: quizás tienen un código oculto que sólo ellos manejan, cuántas palabras usan que nosotros no sabemos qué corno quieren decir. El otro repuso: ¿y por qué tiene que ser un profesor del colegio? ¿no puede ser alguno del barrio? Rivadeneira, que esperaba la objeción, razonó: las pintadas están hechas frente al colegio o, en su defecto, a una cuadra a la redonda. Y, además, si está con Pisurno es porque algo tiene que ver con el colegio. El colega quiso dar por terminado con el tema: me hartaste, Rivadeneira, ahora, de bronca, a éste, que lo pensaba eximir, lo aplazo.
Un creciente e incontrolable nerviosismo fue ganando al profesor Rivadeneira cuando vio reiterado el pasquín en los muros ciudadanos: “Picato + Pisurno fueron” “Chau Picato + Pisurno” “Picato + Pisurno rip” Rivadeneira ya no dormía pensando que Picato podía ser él. Intentó averiguar entre sus alumnos de confianza, que no eran muchos, si para algún grupo él era Picato. Le respondieron de una manera que Rivadeneira juzgó evasiva y eso lo sumió en más y más desesperación. Las inscripciones de Picato + Pisurno muertos se multiplicaron y superaron en número a las pintadas que le solicitaban a los gobernantes que se fueran todos. Rivadeneira no pudo soportar la tensión de la sospecha, su corazón delicado colapsó y murió. Y cuando muere el corazón, muere su portador. Con el tiempo, las paredes vecinas a la escuela fueron blanqueándose para dar lugar a nuevas y urgentes demandas de la ciudadanía.
Nadie más se acordó de Picato. Ni de Rivadeneira. De Pisurno sí porque siguió siendo el director del establecimeinto.
ECOGRAFIA
En la sala de espera de un establecimiento en donde se realizan ecografías, aguardan las señoras embarazadas en compañía de sus aún amantes esposos y, en ciertos casos, de sus niños. Portan en sus manos un videocasete y también un disco compacto a efectos de captar y eternizar el momento en que la vida untrauterina se manifiesta. Una pareja observa a los ansiosos papás. El marido, un hombre mayor y, acaso, un tanto desilusionado de la vida, pregunta “¿por qué esa ridiculez de filmar una imagen que apenas se ve?” La esposa, que muy posiblemente comparte el escepticismo de su marido, sugiere que tal vez, cuando sea grande, le muestren el video a la bazofia en que se ha convertido esa actual lombricita para demostrarle que antes de nacer tenía corazón, que no siempre fue así de ruin. Podría ser.
EL COMUNISTA
Un hombre de mediana edad comía una hamburguesa en un local americano especializado en carne molida y emparedada cuando entró otro individuo de edad similar a quien al punto reconoció el primero. Lo notable del caso es que el segundo era comunista y despreciaba ideológicamente esa clase de comercios imperialistas.
-¿Qué hacés acá (no diremos el nombre) vos, que sos comunista? –preguntó el primero-.
-No vine a consumir nada –contestó el segundo-. Vine a hacer pis. O sea que yo los uso a ellos, no ellos a mí. ¿Me interpretás? Y si me apurás, también me voy a lavar las manos con ese jabón líquido que ponen en un frasco dado vuelta y pegado a la pared.
A la vuelta de su micción, el comunista se sentó, sin invitación previa, a la mesa del primero que terminaba su delicioso cono de french fries, y lo bajaba con un buen trago de gaseosa aguada debido al exceso de hielo picado.
-Me quedo un ratito nomás –dijo el marxista-lennista-. Estos lugares me indignan, fijate los mozos, pobres pibes, cómo tienen que andar sonriendo todo el tiempo por doscientos mangos al mes...
Y se enfrascó en una conferencia sobre el capital y el trabajo, la plusvalía, la explotación, la globalización y otros tópicos que no parecen muy a propósito a la hora de cumplimentar una colación rápida. El comunista tenía hambre, hablaba, miraba de reojo las papas fritas y semblanteaba las rodajas de pepino rebosantes de mayonesa que caían desde los bordes del sandwich por efecto de la presión que se ejerce con la finalidad de unir los panes con la carne para poder introducirlos dentro de las fauces.
-¿Querés un poco? –le preguntó el primero-.